domingo, 9 de agosto de 2026

cuaderno de Inglaterra II, Londres

Sandy Cunningham, View of
St Paul's from Ludgate Hill

13 de juliocamino del hotel, maleta en ristre, tras descender del tren en la estación de Paddington. primeras impresiones de una ciudad en la que tanto he vivido sin haber puesto jamás el pie en ella. primer olor percibido, nada más bajar al andén del metro: el de las estaciones de mi infancia. ¿mera sugestión?

calor implacable. a pie de obra, sentados sobre una barrera New Jersey roja y blanca, un grupo de trabajadores aprovecha la sombra del andamiaje para almorzar. respondiendo a mi curiosidad, explicación de N sobre el origen de las mews, antiguas caballerizas reconvertidas en viviendas, como las situadas en la parte trasera del edificio. almuerzo en un café -Les Filles- cercano al hotel. ella, totalmente desbordada por la emoción del retorno tras casi once años de ausencia; yo, planteándome qué Londres nos espera, ¿el de sus recuerdos o alguna versión local del parque temático mundial tan en boga?

Kensington Gardens y Hyde Park. rodeados de una hierba mortecina, el Arco óseo de Henry Moore, la escultura de Peter Pan -eternamente rodeada de niños de todas las edades- y la fuente memorial de Diana, hoy sin agua. una luminosidad sin mácula tiñe de ensueño el paseo por el sendero a orillas del Serpentine.

aterrizaje en la atestada Picadilly tras cinco días en la campiña: salto sin paracaídas. decepción de N ante la visión del pobre Eros (es decir, Anteros) atrapado entre las pantallas que tapan la restauración de la icónica fuente, borrada en un pispás una vez entramos en Theatreland y vuelven a su mente las imágenes de los musicales presenciados. fotografías de Leicester Sq, Chinatown y Trafalgar Sq, ejecutadas con la frialdad de un francotirador en misión rutinaria.

tarde de reivindicaciones en la zona cero del poder británico. frente a la verja de Downing St, hallando un hueco entre los turistas, un joven con pantalón de camuflaje monta un tenderete de denuncia del abuso infantil. doscientos metros más allá, junto a la estatua de Churchill, banderas iraníes ondean al vientoen la tienda de la Abadía encuentro una reedición del original inglés de un libro sobre Londres de mi infancia, que no dudo en adquirir. cuando avanzamos hacia la Torre del Reloj (en la actualidad de Elizabeth), lejos de sentir la desilusión que muchos dicen haber experimentado al verla en persona, noto un alivio inexplicable e incontenible. ¿tal vez provocado por el haz de luz que espejea a esta hora por toda la ciudad y que baña de irrealidad el cristal bajo las manecillas, el dorado de los marcos o el mismo revestimiento calizo de la torre? ¿o quizá suscitado por el tañido de las campanas, danzarín el de los cuartos, solemne y majestuoso el del Big-Ben, desplegando su abrazo horario por los cuatro puntos cardinales mientras contemplamos el río y el London Eye desde el puente de Westminster? 

a orillas del Támesis, la brisa de última hora de la tarde dulcifica la atmósfera y transforma su corriente en incipiente oleaje. a nuestra derecha, un grupo de jóvenes ensaya acrobacias en el Southbank Skatepark; en el lado opuesto, otros aceptan la invitación de la marea baja para pasear por la playita abierta en Queens Walk. disipado el acelerado ritmo del centro de la ciudad, me invade la sensación de ser un figurante en una comedia romántica británica, con la banda sonora aportada por los músicos ambulantes y los tenderetes que flanquean el camino. todavía muy pronto para recibir el atardecer desde el puente de Waterloo (¡sha-la-la!), hasta agradecemos que la estatua de Laurence Olivier, espada en mano, nos conmine a entrar en el National Theatre, edificio de estética brutalista y una librería excepcional con un inacabable catálogo de obras, biografías y estudios monográficos que hace las delicias de N y también las mías.

14 de julio. los pelícanos junto a la fuente Tiffany, en el lago de St James Park, regalo de un embajador ruso del XVII y origen de la moda de las especies exóticas. acompañamos a las nubes -al fin presentes- en su paseo matutino por The Mall, el famoso bulevar que lleva hasta el palacio de Buckingham. ilusión de la piel de sentir el frescor de alguna gota, rápidamente arrinconada con la vuelta del cielo raso. sin ganas de competir con el ingente grupo de paparazzi que esperan tanda frente a la verja de entrada (los turistas siempre son los otros), desecho la oportunidad de lograr una selfi histórica, a la que, por supuesto, no renuncio media hora más tarde frente al 221B de Baker St. 

al mediodía, camino de St Paul's, nos detenemos en un deli con la intención de comer en el primer banco libre, a la manera londinense. a mitad del curri vegetal y el combinado de verduras, legumbres y pollo -más gustosos de lo esperado-, centramos la conversación en los códigos de vestimenta de los oficinistas de la zona. ellas, vestidos estampados y calzado bajo; ellos, camisa blanca ajustada, pantalones ligeramente informales, zapatos y mochila de cuero. por lo demás, común tendencia al bronceado y mayor evidencia de trabajo en el gimnasio en los hombres. un joven sentado a nuestro lado -y que responde a la descripción dada- se entrega al scroll de forma rutinaria una vez finaliza su modesto ágape.  

majestuosidad de St Paul's, catedral de estética barroca un punto insólita dentro del canon anglicano. mientras el ensayo del coro en este espacio de excelsa sonoridad me da una idea del repertorio que recibirá a los justos a su entrada en el paraíso, los 528 escalones de ascensión hasta la Galería Dorada me advierten de lo escarpado de todo camino de perfección -incluso cuando el premio es una de las mejores panorámicas de Londres-. algunos detalles cogidos al vuelo: el diseño del domo -que en realidad acoge dos cúpulas y un enorme cono hecho de ladrillo-, con el que su arquitecto, Christopher Wren, alcanzó la perfección-; el tema de una de las pinturas del intradós visibles desde la Galería de los Suspirosla quema de libros que siguió a la entrada de Pablo en Éfeso, primer episodio en el historial de autos de fe literarios del cristianismo; el dry humour de la popular cita apócrifa de Wren: "el secreto de la excelencia arquitectónica es trasladar las proporciones de un perro salchicha a los ladrillos, el mortero y el mármol".

de nuevo en el tube, relectura de anotaciones improvisadas en los trayectos: loa de lo vetusto e imperecedero; sucesión laberíntica de pasillos y escaleras mecánicas empinadas y aceleradas, sensación de descenso a algún infierno de sórdida cotidianidad; velocidad ensordecedora de los convoyes; coches tubulares estrechos e incómodos en los lados; bochorno insoportable apenas templado por las ráfagas que entran por las ventanillas abiertas entre vagones; espacio poco propicio para la conversación incluso con uno mismo, en el que queda en suspenso la peculiar vitalidad de esta ciudad. reflexiones que quedan en entredicho nada más poner el pie en el andén de Queensway y comprobar como la imprevista y recia ventolera es aprovechada por unos niños para jugar a no ser atrapados por unos folletos alzados una y otra vez del suelo por el inesperado fenómeno.

15 de julio: el refrescante vientecillo de la primera hora, el mejor epílogo a un sueño reparador, ni siquiera turbado por el graznido de las cornejas. en una placita, panel con la historia del barrio en que nos alejamos, Lancaster Gate, en el distrito de Bayswater, un antiguo paraje rural junto a una calzada romana, urbanizado a mediados del siglo XIX con edificios de estilo victoriano italianizante, caracterizados por sus elegantes fachadas de estuco blanco con pórtico columnado con balcón corrido en su parte superior, cornisas marcadas y grandes ventanales, rematados en arcos de medio punto en la primera planta.

ciudad nueva, vida la de siempre. Les Filles, desayuno en el mismo lugar a la misma hora que ayer. más allá del producto, de calidad y trabajado con esmero, nos llama la atención el buen rollo entre el personal, transmitido sin empalago a la clientela, trabajadores tomando el primer café del día y turistas alojados en los hoteles cercanosdía libre del responsable (un joven vital que cuando ve la oportunidad se suelta canturreando o bailando los temas de la play-list), hoy sustituido por un compatriota, extrovertido y "un poco rojo" en sus propias palabras, y con algún conocimiento del catalán derivado de un curso de sumiller realizado en Barcelona. la necesidad de un mayor conocimiento de las lenguas cooficiales en España, el reciente éxito del cava por estos lares y el interesante caso de una de sus maestras, capaz de catar un vino sin necesidad de degustarlo, son algunas de las vivencias y puntos de vista que comparte con nosotros en lo que tardamos en dar cuenta del panqueque con frutas.

"Sweet Caroline" a voz en grito (tan solo 11 horas para la semifinal con Argentina), por cortesía de un nutrido grupo de escolares mientras hacemos cola frente al British Museum. una visita obligada, aunque inabarcable, pues más allá de la piedra Rosetta, las momias y sarcófagos egipcios, los frisos del Partenón o los impactantes relieves asirios de la caza del león, el recorrido por las piezas de un sinfín de culturas (que van desde la propia Gran Bretaña -con el tesoro de Sutton Hoo- hasta la Polinesia, pasando por Mesoamérica, África, Persia, China o Japón) se revela sumamente abrumador, no solo por la escasez de tiempo, sino por el mismo desconocimiento de los parámetros estéticos correspondientes. y aun así, si olvidamos por un instante las polémicas circunstancias por los que muchas de estas obras acabaron aquí, no parece difícil ver en este museo una metáfora de lo que es la ciudad en sí: un crisol cultural y vital de un eclecticismo imposible de aprehender, en el que se impone ir de hallazgo en hallazgo, dejándose llevar por el azar, la intuición o las propias filias o fobias, sin preocuparse en exceso por cuanto se deje en el tintero.

almuerzo en Bloomsbury, jacked potatoes, ensalada y sparkling water, vicio de nuevo cuño. el otro, los típicos escaparates con marco de madera pintada de los edificios georgianos, como el de la London Review Bookshop, con excelente sección de poesía, y en la que a García Lorca se añaden Machado y un tal John of the Cross. camino de St Pancras, un poco a regañadientes, me dejo llevar por N hasta la British Library, otra construcción de estética brutalista, esta vez con forma de navío, cuyo espacioso y luminoso vestíbulo alberga la descomunal torre de vidrio de la King's Library, con sus volúmenes a la vista. entre los tesoros de la exposición permanente -verdadero motivo de nuestra visita-, junto a la Carta Magna, el Códex de Da Vinci, el First Folio de Shakespeare o los textos sagrados iluminados de las principales religiones, el manuscrito de "Strawberry Fields Forever" escrito en azul y rojo en un papel con membrete de Lufthansa, y el guion mecanografiado de la unexpected Spanish Inquisition de Monty Python.

con su monumental mole de ladrillo rojo intenso, su torre del reloj y los arcos de aire oriental sobre los ventanales con tracería y parteluz -características todas ellas del neogótico victoriano-, su lujoso hotel y los elegantes restaurantes sitos en su interior, es difícil detenerse en la estación de St Pancras sin que la imaginación vuele a un Orient Express que jamás partió de aquí. la colosal escultura de bronce de Paul Day, con los dos enamorados abrazándose, se eleva sobre un pedestal con un friso cuyas escenas resumen la intrahistoria -en sentido unamuniano- del ferrocarril. curioso guiño irónico a la misma obra en la última de ellas, con la chica mirando la pantalla del móvil sin que el chico que la estrecha entre sus brazos pueda verlo.

Holborn. calles y pubs se van llenando de tipos con la Three Lionsun mostachudo marcha a paso ligero bandera en ristre cargando un pesado altavoz. tres calles más allá, dos veteranos del punk, igualmente acelerados, aportan un plus guitarrero a nuestra banda sonora. quizá contagiados de la relajación en la habitual formalidad social que va impregnando el ambiente, decidimos quemar la tarde en un recorrido lo más improvisado posible, N al albur de sus recuerdos y las ganas de mostrarme sus rincones favoritos, yo guiado como siempre por la casualidad

memorias del Marlborough Head, de las pintas y las jacked potatoes con que N y sus colegas de curso finalizaban la jornada (maravillosos pubs centenarios, historia viva de la ciudad que intenta sobrevivir a la sombra de la metrópoli). también de Covent Garden, del deambular por las tiendas bajo cubierto o los tenderetes de los artesanos del Apple Market. frente al pórtico columnado de la iglesia de los actores, un malabarista con aros y labia sin igual concita la atención multitudinaria de niños y mayores. no muy lejos, en James St, una chica con una voz deslumbrante, cálida y vibrante, nos reafirma en la impresión de la increíble calidad de los músicos que actúan en las calles londinenses.

casualidad de aparecer por Seven Dials, animado barrio en forma de rueda, formado por siete calles empedradas con punto de partida en una plaza con un pilar con relojes solares -uno por calle- en su parte central. zona de pasado duro cuando no violento, en la actualidad es un buen ejemplo de las tensiones entre urbanismo regenerativo y mera gentrificación que también aquí, y quizá más todavía, están a la orden del día. vagando por él, atraídos por un grafiti con Diana ataviada como Mary Poppins, nos introducimos en el Neal's yard, callejón con final en una plazoleta triangular, de aire más mediterráneo que inglés. apenas un rincón abandonado y sucio hace unas décadas, luego rescatado para la actividad comercial y artística (aquí tuvieron su oficina-estudio Monty Python), el libérrimo colorido de sus fachadas, la desbordante imaginación de sus detalles (como los curiosos arbolitos plantados en bidones) y, por supuesto, la vitalidad de sus tiendas y bares, han hecho de este edén urbano antaño oculto a los ojos de todos, improvisado plató de instagrammers y tiktokers del más variado pelaje.

milagrosamente indemnes tras el inesperado ataque de un enjambre de ciclistas kamikazes en Cambridge Circus, una vez en Charing Cross, el azar se nos muestra en forma de memorabilia rock. así, la última sede del mítico Marquee, actualmente un pub de una conocida cadena, y la St Martin's School of Art, lugar del primer bolo de Sex Pistols, ahora librería. algo más lejos, en un callejón peatonal que da a Regent St (pub The Starman, coctelería Ziggy, el icónico rayo pintado en la pared de ladrillo), la fachada frente a la que el ilustre marciano de pelo anaranjado posara para la portada del disco con las arañas. por lo demás, cena frugal en el Soho, más atentos al hervidero humano que bulle frente al ventanal que al condumio.

túnel de la estación de Tottenham Court Lane, un guitarrista ciego y sin mano derecha puntea un tema de Coldplay. "Letter", poema en el metro de T. Dąbrowski: "Yesterday I sent you a letter. And today on the phone you tell me you are pregnant". descanso del partido retransmitido por la BBC, prolijos comentarios tácticos de los pundits, con pizarra incluida, en vez de la insufrible publicidad. tras una segunda parte horrible, el sueño mundialista de Inglaterra se esfuma por enésima vez.

16 de julio: 8 de la mañana de un día, si cabe, más luminoso que los anteriores. revisando la prensa en el móvil, doy con un curioso candidato a diputado: Count Binface, intergalactic space warrior, ¡ridiela! después de desayunar, breve conversación con el maestro de obras del edificio en rehabilitación junto a Les Filles, sobre la época y el estilo del edificio. fraternidad, saludo con el puño entre un grupo de personas sin hogar frente al teatro Victoria. algunos de ellos demacrados, prematuramente envejecidos, como si la vida les hubiera pasado con su buldócer por encima.

Tate Britain, grata impresión, no solo por la calidad de las obras expuestas sino por un decidido enfoque crítico de la tradición, que es también un recorrido por los cambios de mentalidad experimentados por la sociedad británica. así, por ejemplo, la sucesión de salas con protagonismo de los retratos de conversación, género en boga en la época georgiana, se ve de repente impugnada por la presencia de Molly House 2023pintura queer de P. Bronstein, denuncia de aquel tiempo en que la homosexualidad era penada con la muerte. como también, sin necesidad de cruzar épocas, la doble moral victoriana -el consabido vicios privados, públicas virtudes- queda al descubierto en el contraste entre el alegato pictórico de Egg contra el adulterio femenino y la sensualidad de los desnudos femeninos de Alma-Tadema, Leighton o Henrietta Rae. la reivindicación -a la manera que enunciara la surrealista Eillen Agar- de la creatividad y la imaginación femenina frente al militarista orden clásico masculino es visible a lo largo de las diversas salas, en obras que van desde el retrato de Mary Wollstonecraft -la madre de Mary Shelley-, en el que la modelo renunció a los códigos de feminidad entonces en boga, hasta el mugriento inodoro de Inferno 2000, de Sarah Lucas, pasando por el ambiguo erotismo de la Scylla de Colquhoun o las Angelic rebels de Boffin. asimismo, el museo expone obras de pintores como Brill, Branson o Rowe, comprometidos con la lucha de clases; o de denuncia contra el desmantelamiento industrial de los ochenta, el racismo (No woman, no cry, de Ofilio la brutalidad policial (Three Wicked Men, de D. Forrester).

botas Dr. Martens, falda larga de tubo, medias de rejilla, camisa blanca impoluta y base de maquillaje a juego, labios de intenso carmín, larga melena lacia: un joven émulo de Bowie, tras contemplar la Ofelia de Millais, explica a su embelesada amiga los pormenores de Ellen Terry as Lady Macbeth. cierta decepción en mi ánimo al comprobar su nulo interés por The Death of Chatterton. dos jóvenes alumnas en uniforme abocetan una obra de Rosetti. de improviso, empiezan a correr y gritar por las salas con sus compañeros de clase, en una curiosa recreación de la famosa escena de Bande à part.

breve piscolabis en la cafetería del museo antes de proseguir con la colección. ¿y si la irrefrenable innovación formal no fuera ya lo que este tiempo reclama al artista, sino el reciclaje, aunque fuera en la forma de revisión crítica de la herencia cultural? repasando las fotografías tomadas, comprobamos lo turbador de unir el visceral tríptico sobre la crucifixión de Bacon al luminoso chapuzón en la piscina de Hockney. de vuelta al tajo, un tanto saturados y con ganas de pisar la calle, pasamos de puntillas por el biomorfismo abstracto de ondulaciones y vacíos de Henry Moore, pero no así por las pinturas de Turner. mientras N se añade disimuladamente a un grupo para seguir las explicaciones del guía, yo me dejo llevar por los juegos de luces y sombras, la pincelada que crea el aire y la oscuridad, las atmósferas de ensueño o pesadilla sin solución de continuidad, completamente anonadado ante semejante demostración de talento.

inesperada sensación de bochorno una vez salimos a la calle a primera hora de la tarde. ¿qué fue de aquel clima caprichoso donde en un abrir y cerrar de ojos un nubarrón ocultaba el más azul de los cielos, y tras soltar su aguacero, dejaba en pago un sol aún más radiante? en la escalera de entrada de la estación de Pimlico, una joven resbala y cae al suelo. poco más adelante, un cartel advirtiendo de las funestas consecuencias de andar borracho y hacer el tonto en las escaleras mecánicas. no parece que sea el caso. ya en el vagón, más anuncios: London Sperm Bank, ¿could you be in the 1% club?; Are they trying to hide something? See it, say it, sorted; Sutton's pets grow up never gets old... sin ver un solo turista desde la mañana del British, bajamos por Knightsbridge, con la sana intención de entrar en Harrod's, siquiera para admirar con los ojos. acompañando nuestro camino, la multicolor disco van del Bluesmobile Party. sigue la banda sonora...

de vuelta al hotel a pie, al pasar frente al museo de Victoria y Albert, me pregunto qué poso de la moral victoriana puede quedar en la actual sociedad inglesa. sin duda, en el caso español, se podría plantear idéntica cuestión al respecto del llamado franquismo sociológico. sin ganas de ponernos a contar agujeros al bordear la espectacular estructura circular del Royal Albert Hall, volvemos a los Kensington Gardens, esta vez por la entrada frente al Albert Memorial, faraónico monumento erigido por el dolor de una reina. deliciosa danza entre la luz y las sombras del parque en este lapso previo al atardecer. la tenue brisa, el parloteo de las cotorras, el rumor de las conversaciones en los bancos, la soledad del corredor de fondo. un grupo de jóvenes que entrenan juntos nos ofrecen un móvil para que inmortalicemos su encuentro, ganándose un cameo en nuestra comedia romántica. junto al lago ornamental, promiscua convivencia de cisnes, patos, gansos, cornejas y gaviotas canas. de repente, un patito hiperactivo corre sobre las aguas haciendo las delicias de N, hasta que acabada su aventura, se reúne con el resto de la camada. frente al que fuera palacio de Diana, más calvas que césped tras tantos días de sequía.

17 de julio: agua bajando por las cañerías del piso de arriba, primer ruido que detectamos en nuestro tranquilo alojamiento. conversación con uno de los albañiles y un joven aprendiz en el ascensor. las obras en el hotel -igualmente imperceptibles- se trasladan mañana a un nuevo piso. eliminada Inglaterra, el verdadero comeback de este año será el del tapiz de Bayeux al British Museum. no es poca cosa. las 100.000 entradas ya reservadas 2 meses antes de la apertura de la exposición dan la medida de un verdadero acontecimiento nacional.

increíble y mágica iridiscencia en el jardín de St. Paul's, con el aspersor en marcha frente al sol. el tiempo justo de plasmarla en una fotografía, solo un minuto más tarde, desaparece la ilusión óptica. Peter's Hill, camino del puente del Millenium, paneles con personajes históricos del Londres popular, extraídos del libro London Labour and the London Poorentre ellos Jack Black of Battersea, el cazador de ratas de la reina Victoria, que ya con 9 años las atrapaba con sus propias manos; o the Old Conmodore of Totenham Court Road, veterano naval con pata de palo, también llamado el rey de los mendigos.

Imagen cortesía de N. Estrada
Tate Modern, antigua central termoeléctrica rehabilitada como museo y ampliada ya en este siglo con un nuevo edificio. algo laberíntica -los dos bloques no disponen de comunicación directa en todas sus plantas-, agradecemos la explicación y consejos de una auxiliar de sala. hoy es el último día del curso y nos sorprende gratamente comprobar que algunas escuelas hayan decidido acabarlo aquí, con el alumnado ya sin uniforme, a excepción del chaleco reflectante en los más pequeños. nos dejamos llevar sin excesivo método por esta variada muestra de arte contemporáneo, en la que la ausencia de un planteamiento diacrónico en favor de uno más atento a los temas y las técnicas, a los procesos creativos o el contexto social y político en que se desarrolla el arte, lejos de suponer un escollo, invita a una aproximación a la obra más activa, inseparable de la comprensión de los modos en que opera la imaginación. así, a lo largo de las salas, junto a algunas piezas representativas en la evolución de Picasso, Dalí, Matisse, Rothko, Warhol o Liechtenstein, hallamos, por ejemplo, instalaciones inmersivas multimedia (N. Malani); un irónico supermercado -no muy alejado de los ready-mades de Duchamp- en el que se oferta imaginería religiosa en unas góndolas dispuestas en cruz (Meschac Gaba); una pared alfombrada, convertida por la interacción del público en una obra siempre diferente (Stingel); una colosal torre realizada con radios sintonizadas en frecuencias diferentes (Meireles); el activismo del colectivo Guerrilla Girls; la provocación sin concesiones del sapo crucificado de Kippenberger; o pinturas realizadas con todo tipo de métodos experimentales, que van desde la utilización del propio cuerpo (Hammons), la ejecución de la obra con los ojos vendados (Ohtake), la mezcla de procedimientos analógicos y digitales (Humphries) o el recurso al fuego (Kim Ku-lim).

primer encuentro cara a cara con algunas obras largo tiempo admiradas, como la Fuente de un tal R. Mutt, los autorretratos de Francesca Woodman, o las Forme unique... de Boccioni (interesante contrapunto de Predator 'R Us, de Andra Ursuța, a las obras de aquella vanguardia filofascista de culto a la velocidad, las máquinas y la guerra). inolvidable -aunque breve- muestra de esculturas de Giacometti en la planta baja: la oscuridad casi total, apenas interrumpida por la tenue iluminación de un único foco sobre cada pieza; las sombras proyectadas contra el suelo y las paredes de hormigón acentuando la fragilidad de las figuras... una intensa espiritualidad se adueña de este espacio rudo y estéril.

antes de la cita con la exposición sobre Frida Kahlo -conseguida de pura chiripa para la última franja de la tarde-, decidimos visitar algunos lugares no del todo escogidos al azar. Saville Row, paraíso mundial de la sastrería a medida, cuyo número 3 fue escenario, en un frío 30 de enero de 1969, del último concierto de The Beatles, el del tejado. sensación de santuario improvisado frente a la antigua sede de Apple Records, aparentemente vacía. una mujer recita los primeros versos de "Hey Jude", mientras otro hombre contempla en el móvil la famosa actuación. a pocos metros, en Carnaby St, paraíso local del turista, una estatua de John sentado en un banco con los brazos abiertos convida a quien lo desee a imaginar con él.

rumbo al Bankside, mitin religioso a voz en grito en el acceso a la estación de Oxford Circus, increíble habilidad para comer con palillos de un tipo bajando a todo trapo por las escaleras mecánicas del metro. gaviotas descansando sobre el puente, otras sobrevolando el Támesis. en apenas doscientos metros, una chica con su handpan; una versión acústica de "Wonderwall" cercana al soul; y -flauta traversa, charango y bongos- melodías con acento latino. entre ellos, un ajedrecista callejero reta a los viandantes a que le ganen una partida. pub The Swan, frente a la reproducción del Globe, un tipo en camisa y corbata le recita a la joven encargada de los helados el inmortal monólogo del "Tomorrow, and tomorrow, and tomorrow..." cara de póquer de la moza. mural pop del Bardo a la entrada de Clink St. algo más allá, el edificio de la que fuera primera prisión de Londres, hoy turístico museo de los horrores. atraídos por el nombre y la pinta, entramos en Dirty Lane, callejón abovedado abierto bajo un viaducto ferroviario, antigua zona de almacenes abandonados, en la actualidad núcleo de un importante complejo comercial y de ocio. incrustadas en el extremo de uno de los edificios, diversas letras de neón alternan su iluminación para formar todo tipo de términos peyorativos, incluido el de ¡poeta! siguiendo hacia Borough Market, tras superar el Golden Hinde (réplica de la nave con la que Drake dio la vuelta al mundo), pasamos junto a varias de las tabernas con más historia de la ciudad, algunas de ellas con plácidas vistas del río. asaltado por una súbita e incontenible sed, maldigo el poco tiempo que queda para nuestra cita con Kahlo. ya en el mercado, el más antiguo de la ciudad, también bajo las vías del tren, vagamos por las crujías, mojadas y resbaladizas, con cajas vacías tiradas por todas partes, junto a los últimos compradores y los tenderos que se afanan en recoger la mercancía que no han vendido. en el corredor principal, colgada de uno de los pilares, una pizarra decorativa marca precios de váyase usted a saber qué época. a pocos metros, descansando frente a un importante puesto de comida preparada, los restos de una enorme bomba paella, aparentemente, la versión londinense del famoso arroz con cosas.

después de enseñar por enésima vez el contenido de la mochila al entrar al museo, le confieso a N mi agotamiento ante la más mínima conversación. mi precario inglés (viajo poco al extranjero y nunca lo necesité para encontrar empleo) empieza a necesitar de respiración asistida, aburrido de no poderme expresar como quisiera y de entender la mitad de cuanto me explican. tampoco ayuda la tendencia de los nativos al circunloquio, por más secos que parezcan los londinenses en comparación con los de la campiña. quizá en el sur seamos más charlatanes, pero también más directos.

extraña impresión, cercana a la decepción, de la muestra de Frida Kahlo, una pintora que, por los motivos que sean, nunca concitó mi interés, incluso después de haberse convertido en fenómeno global (o quizá por ello mismo). más allá de la sorpresa por la poca cantidad y trascendencia de las obras expuestas, me quedo con la sensación de que ninguna de las piezas de los artistas -coetáneos o posteriores a ella- que dialogan con las de Kahlo logra aproximarse ni de lejos a su genio. tampoco tengo derecho a sentirme engañado. una vez en la última sala, dedicada a los más variados objetos de mercadotecnia realizados alrededor de la artista, se confirma lo acertado del título de la exposición: The Making of an Icon.

saliendo de la Tate, cena rápida en el parque de St Paul en un banco rodeado de hortensias. cuando el vigilante nos advierte del cierre, nos trasladamos a los Festival Gardens, donde grupitos de jóvenes celebran la llegada del fin de semana echados sobre la hierba. en el tube, mezcolanza de trabajadores volviendo a casa y mujeres con vestido de fiesta. una joven trabajadora doméstica se queja en español de la dureza de la dueña de la casa en que trabaja.

sin ganas de ponernos con la maleta, la última del viaje en The Mitre, tranquilo pub victoriano con fachada con pilastras y ventanas con parteluz y tracería neogóticas, y elegante interior con abundante presencia de paneles de vidrio tallado, una pequeña estancia adjunta con retratos de época e incluso, un viejo bell board en la parte superior de la bien surtida barra. conversación sobre lo visto y lo que nos dejamos por explorar: el paseo por el North Bank desde el Tower Bridge, Notting Hill, Whitechappel, Camdem o incluso Greenwich. rápida recopilación entre trago y trago de las situaciones y los lugares más sorprendentes, intentando no caer en aquello de nunca lo bueno fue mucho.

mañana del 18 de julio: despedida de la gente de Les Filles y del personal del hotel. eco de nuestros pasos por los pasillos y andenes vacíos.

un padre a su hija, quién sabe si irónicamente: "pasé a ser defensor relativo de la democracia. no puede ser que gobierne el pueblo. tiene que haber márgenes. sin un pueblo culto, no puede funcionar. ahora vuelvo, voy a buscar un basurero". acento latino, esta vez en Victoria Station.

terminal norte de London Gatwick: como siempre inquieto y de mal güisqui. no me angustia volar, pero no soporto los aeropuertos, laberintos tan grandes como impersonales, repletos de gente con prisas y equipajes irreductibles. no soy la mejor compañía en ellos. las imágenes en Heathrow con las que se inicia Love Actually me son incomprensibles cuando no directamente repulsivas. no siempre fue así. en la época en que me aficioné a los solitarios, recuerdo haber estado tan ajeno al ambiente como para completar uno en el aeropuerto de Atenas. tendría que plantearme volver a ellos.

ya en el interior del avión, se retrasa el despegue, así que aprovecho para sacar el cuaderno y aclarar algún cabo suelto en las notas. reflejado en el vidrio a mi izquierda, un tipo que ha formado parte del paisaje que ahora dejo durante los últimos diez días. marcha de Londres feliz, con la impresión de quien ha iniciado un puzle del que empieza a atisbar su resolución. ni siquiera lo sospecha, pero quizá no haya estado nunca en Londres, aunque por fin haya puesto el pie en ella.

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