8 de julio: en primer lugar, la voluntad de volver al bolígrafo, de tomar notas en un cuaderno comprado ex profeso para la ocasión. también la pretensión de una estancia en Inglaterra a la vieja usanza, dejándose llevar por el camino y sorteando imprevistos sin necesidad de consultar el navegador.
sentado en la sala de embarque, frente a las pistas, contemplo absorto el encendido malva que anuncia el amanecer, con el sol forjándose a fuego lento en la fragua del horizonte que se divisa entre los aparatos todavía durmientes. lectura dispersa de una antología de poetas ingleses del siglo XX. un verso de T. Hardy: "Twice no one dies".
apenas 14 pasajeros en el avión. ¿inesperado jet privado o despilfarro energético? hora y media más tarde, bajo las nubes, vislumbramos un archipiélago de islas diminutas, pero densamente pobladas, cercanas a la costa. la vida en liliputiense. ¿y los sueños?
un accidente en la autopista nos obliga a modificar el plan inicial. de Gatwick a Oxford en tren, con transbordo en Reading. después, tal como teníamos previsto, autobús de línea hasta Chippy. ya en los Cotswolds, en plena campiña inglesa, visión desde la carretera de un bosque infinito solo interrumpido por los gruesos muros y los cottages construidos con la característica piedra caliza de color miel. tan solo un espejismo que oculta la sed de prados, cultivos y barbechos. tras unas semanas sin lluvia, bajo un sol implacable, la verde Inglaterra amarillea por doquier.
Chipping Norton, escaso tráfico más allá de la arteria de High St. aparente tranquilidad de una población que en verano, amparada en una luminosidad irreal, es un goce de los sentidos. puntualización posterior de A -nuestra anfitriona- conforme incluso en el paraíso existe la lacra de la violencia de género. desbordante vitalidad de A, más cerca de los 80 que de los 70. emanan de su mirada los vivos colores del rojo, el lila, el fucsia o el amarillo de su querida malvarrosa, que florece exuberante por todos los rincones de la población.
