sábado, 25 de julio de 2026

cuaderno de Inglaterra - I: Chipping Norton y los Cotswolds

8 de julio: en primer lugar, la voluntad de volver al bolígrafo, de tomar notas en un cuaderno comprado ex profeso para la ocasión. también la pretensión de una estancia en Inglaterra a la vieja usanza, dejándose llevar por el camino y sorteando imprevistos sin necesidad de consultar el navegador.

sentado en la sala de embarque, frente a las pistas, contemplo absorto el encendido malva que anuncia el amanecer, con el sol forjándose a fuego lento en la fragua del horizonte que se divisa entre los aparatos todavía durmientes. lectura dispersa de una antología de poetas ingleses del siglo XX. un verso de T. Hardy: "Twice no one dies".

apenas 14 pasajeros en el avión. ¿inesperado jet privado o despilfarro energético? hora y media más tarde, bajo las nubes, vislumbramos un archipiélago de islas diminutas, pero densamente pobladas, cercanas a la costa. la vida en liliputiense. ¿y los sueños?

un accidente en la autopista nos obliga a modificar el plan inicial. de Gatwick a Oxford en tren, con transbordo en Reading. después, tal como teníamos previsto, autobús de línea hasta Chippy. ya en los Cotswolds, en plena campiña inglesa, visión desde la carretera de un bosque infinito solo interrumpido por los gruesos muros y los cottages construidos con la característica piedra caliza de color miel. tan solo un espejismo que oculta la sed de prados, cultivos y barbechos. tras unas semanas sin lluvia, bajo un sol implacable, la verde Inglaterra amarillea por doquier. 

Chipping Norton, escaso tráfico más allá de la arteria de High St. aparente tranquilidad de una población que en verano, amparada en una luminosidad irreal, es un goce de los sentidos. puntualización posterior de A -nuestra anfitriona- conforme incluso en el paraíso existe la lacra de la violencia de género. desbordante vitalidad de A, más cerca de los 80 que de los 70. emanan de su mirada los vivos colores del rojo, el lila, el fucsia o el amarillo de su querida malvarrosa, que florece exuberante por todos los rincones de la población.

paseo, tras siete años de ausencia, por la calle que lleva a las almshouses y Saint Mary, wool church de infrecuente pórtico hexagonal -con figuras monstruosas esculpidas en la bóveda de crucería del mismo, como las del green man, el león que saca la lengua o el cordero que vence al lobo-, y con hermosos vitrales góticos -el dedicado al génesis, mi preferido- que contribuyen a una luminosidad alejada del lóbrego patrón románico. los primeros contactos con el paisanaje me dan la imagen de un lugar de ritmo pausado, en el que la gente llena su tiempo con todo tipo de actividades sociales y culturales, así como en afables conversaciones que se mueven entre el asombro, la ironía, el interés sincero y la intrascendencia. durante la cena en el Checkers, A nos explica el incidente en la autopista que acabó con su coche incendiado y, de paso, con sus ganas de volver a conducir. mientras, un vilano solitario trasvuela las salas del pub.

9 de julio: desvelado sin remedio, víctima de una noche tropical (también aquí) y del eterno día del verano inglés, con su luz primera y el nada musical acompañamiento de los graznidos de cornejas y grajos hacia las 4. mientras hago tiempo para el desayuno, contemplo la rotura en forma de tela de araña de uno de los vidrios superiores del conservatory, así como el reguero colgante de cadáveres alados dejado por una noble falsa viuda negrawhich part of 'meow' did you not understand? la gata de A, ya mayor, rehúye mi contacto sin contemplaciones. 

Chipping Campden, primera parada del trayecto que vía Moreton-in-Marsh, continuará por la tarde hasta Bourton-on-the-Water. a lo largo del camino, la bandera con la cruz de san Jorge ondea en casas y comercios, en la esperanza de que 60 años más tarde el fútbol vuelva a Inglaterra. una vez en Campdem, notable impacto del antiguo Market Hall, brillante muestra de arquitectura civil del siglo XVII. casi desahuciados, gorriones y palomas se acurrucan entre sus vetustas vigas de madera buscando cobijo del calor atronador. almuerzo en el salón con chimenea del Divers Barconversación queda y sin prisas.

las anchas high streets de los pueblos de la campiña, con su continuo tráfico rodado, la columna memorial a los soldados caídos en las guerras mundiales, las tiendas de ropa y antigüedades, los hoteles y pubs centenarios, los cafés de nuevo cuño y alguna librería o charity shop. no muy lejos, la iglesia, con su pórtico, la torre con reloj de manecillas doradas, los tejados de madera y las vidrieras emplomadas, la ausencia de imágenes de santos, el yaw tree en lugar del ciprés y la perfecta conexión entre lo terrenal y lo divino, la vida y la muerte, durante el paseo entre lápidas sobre la hierba.

primera hora de la tarde en Bourton-on-the-Water. júbilo de N mientras graba desde uno de los puentes el gozoso y despreocupado solaz de niños y perros en el río pando. pueblo en imparable turistificación, dos jóvenes, una, émula de arlequín, la otra, una geisha gótica, sirven de contrapunto al turismo más convencional. por lo demás, día complicado, aquejado de una repentina alergia y una todavía más inoportuna lumbalgia. 

10 de julio. leído en la librería de Oxfam en Chippyen una biografía para niños de J. K. Rowling: F of failure or F de future? de fracaso siempre, por supuesto. en la sección de música, el sencillo del "Wonderwall" de Oasis, ¡en casete! de nuevo en el Stagecoach, esta vez rumbo a Stratford-upon-Avon, no solo para rendir homenaje al Bardo, sino también a esa peculiar arquitectura Tudor de gruesas vigas ennegrecidas a la vista, fachadas encaladas y oscuros tejados de teja o paja compacta. algunas percepciones sintetizadas a lo largo del viaje: un vigilante con pinta de rapero, casi un crío, repantingado en una silla plegable a las afueras de Shipston-on-Stour bajo un sol de justiciala lápida de una tal Eleanor Amy Potter, de Newbold-on-Stour, el peregrino nombre de la cual me acerca un sinfín de resonancias a la cabeza; el sonido limpio y metálico del motor de un descapotable de época en la High St de Stratford; la rendición incondicional del abanico de N, en su desigual lucha con el infernal aire del bus.

jardines Firs, pabellón Peony, de estética china, punto de partida del sendero que lleva a la antigua granja de la familia de Anne Hathaway. O era Whateley? ('I hate', from hate away she threw). la controversia alrededor de la licencia matrimonial de Shakespeare me trae a la mente las teorías del Dedalus de Joyce acerca de Hamlet. acompañados de los crujidos del suelo de madera, avanzamos agazapados por los dormitorios y los cuartos destinados a las tareas domésticas o el hogar, anotando el ingenioso recurso a las cuñas como forma de asegurar las vigas, y que en cierto modo recuerdan los utilizados en los caseríos vascos. por lo demás (paseo bajo los sauces a orillas del Avon, exposición en el Swan Theatre de vestuario de representaciones de la obra de Shakespeare, visita de la sencilla tumba del poeta y dramaturgo en la Holy Trinity), mañana emocionalmente intensa para N, y un par de detalles menos festivos: la macabra calavera peluda de Yorick y la rama de abedul con la que los viernes eran castigados los malos alumnos. breve diálogo de N con el intérprete del director en la recreación de los años de aprendizaje del joven William en la Schoolroom and Guildhall.

carrito con amplificador y micrófono, funda a la espalda, bromea con la conductora mientras recoge el billete: guitarrista con bolo vespertino en el pub. detrás de él, un vilano se cuela sin pagar. ¿reunión con el de ayer en el Checkers? de vuelta a Spring St, una corneja, tal vez fundida por el calor, se estrella contra una chimenea en su descenso hacia el tejado. ilusión de un otoño  entregado a la lectura en el conservatory, cubierto con una cobija mientras decae la luz del día. anochece, cena ligera en el jardín con sabor magrebí.

11 de julio. shade or shadow, an English lesson de A. profesora jubilada, agradecemos sus correcciones, por más que, al menos en mi caso, se enfrente a una misión imposible. en la parada de West St, conversación de N con M, dueña de un B & B y fan total del estilo de juego de Guardiola, tras años sin verla. antes de despedirse, mantiene con A un diálogo musical, adorable, sobre cómo mantener la forma más allá de los 70.

sábado en Oxford, a priori una jornada sin excesivos alicientes, planteada como un mero deambular hasta el inicio de la representación vespertina de Macbeth en el patio del castillo. tras días disfrutando del sosiego de los pueblos vecinos, la llamada ciudad de las agujas de ensueño se nos antoja un preludio perfecto para preparar nuestro regreso al caos urbano, no solo por la consabida presencia de las hordas de fans de Alicia, Harry Potter o El Señor de los Anillos, sino también de los rebaños estudiantiles de los diversos summer camps, hoy sin clases, pero con un atiborrado programa de actividades culturales. una vez descartada toda pretensión fotográfica decente de la Radclife, el Sheldonian -hoy de graduación-, la Bodleian o el mal llamado puente de los suspiros, y recobrada la armonía zen, me entrego a la más trivial y eventual exploración, que incluye las siguientes estaciones:

1) Blackwell's, imponente e icónica librería, paradójicamente con escasa representación lírica, apenas un rincón contiguo a la cafetería, en el que tres son multitud y encima se pisan. sin huella de la poesía española más allá de un par de antologías de García Lorca. en la sección de ficción, Ruiz Zafón 4 - Cervantes 1.

2) el pequeño estanque del jardín de Christ Church: rosas, lavanda y nenúfares.

3) la orgullosa reivindicación del color (verde, cobalto, morado, amarillo, añil, rosa) de algunas hileras de fachadas frente a la tiranía del ladrillo a la vista.

4) el joven con auriculares que, entre una legión de músicos callejeros, lleva el ritmo golpeando el bote de lejía contra la pared de los lavabos del Covered Market antes de entrar en acción (¿Perfect Days a la inglesa?)

5) el autodenominado Oxford's best kept secret: la Turf Tavern, mítico local del siglo XVIII, accesible a través de un callejón tan angosto como discreto, con histórica clientela de escritores, artistas, científicos y políticos, y cuyo canallesco lema (an education in intoxication) quizá no esté muy lejos de ser actualizado al mucho más hype de an education for instagrammers.

6) Magpie, Brewer, Blue Boar, Bear, Brasenose y la inacabable, serpenteante y adoquinada Bulwarks lane: callejones recoletos en los que refugiarse del sol y del turismo a golpe de pito. 

7) "Wonder of birds", asombrosa exposición en la Weston Library alrededor de la relación no siempre fácil entre las aves y el ser humano, recomendación de A. algunas referencias: los inspirados poemas de Robert Macfarlaine; la paulatina desaparición del Reino Unido, como consecuencia del cambio climático, del cuco y del ruiseñor -con sus cerca de 250 melodías diferenciadas-; la del vencejo por la eliminación de sus refugios (los swiftbricks) de las viviendas modernas; el papel de los pájaros como símbolos de la imaginación, el amor, la metamorfosis o la sabiduría, así como de la irrenunciable aspiración humana al vuelo; y el argumento del poema El lenguaje de los pájaros, del persa Farid al-Din 'Attar. la búsqueda por parte de las aves de su legendario rey, el Simurg, alegoría de la vía mística, espejea en las reflexiones de dos de sus lectores aventajados, José Ángel Valente y Juan Goytisolo.

cena a las cinco y media (¿lunchner?) en un restaurante libanés con A, su hija S y Macbeth, o más bien, C, amigo de S, que más tarde encarnará al perverso escocés. afable y sonriente, su mirada pensativa y su ingerir entreverado apuntan, sin embargo, a una concentración extrema previa a la actuación, la primera en lo que va de temporada, tras una inoportuna lesión ¡jugando a fútbol! minutos antes de la representación, nueva lección de A, esta vez en forma de refrán: grape and grane, don't mix them!

trago a trago, beso a beso, crimen a crimen, con estética housewife años 40 y sin sombra de arrepentimiento, la ambiciosa lady Macbeth conduce a su lobo insomne como manso corderillo. de tanto en tanto, llegan gritos del exterior de grupos de hooligans calentando motores horas antes del partido de los three lions contra Noruega, que se añaden al insidioso estruendo de un helicóptero de la policía sobrevolando en círculos el centro de la ciudad. por fortuna, nada desconcierta a los actores en su brillante actuación. tremenda impresión frente a los desgarradores gritos de la joven intérprete de la mujer de Macduff en la escena en que es asesinada. 

a la salida, frente a la parada del bus, dos bouncers controlan la puerta de un pub atestado. buen rollo con los chavales que esperan en la entrada hasta que Harry Kane salta al césped y uno de ellos aprovecha el despiste para colarse. expulsado expeditivamente, impertérrito, aguanta la mofa de los colegas cuando les dan paso.

afueras de Oxford, oscuridad impenetrable. remember, you're on a rural road..., es decir, tumbos, bandazos, zurriagazos del ramaje y litros de paciencia incluidos en el pasaje. de improviso, sin siquiera reducir la velocidad, el double decker se adentra en la carretera de Charlbury, asfaltada -es un decir- a la buena de Dios y tan estrecha que se impone una parada en un apartadero abierto en pleno páramo para dejar pasar al autobús que viene en dirección contraria. sin duda la peor vía que por la que jamás haya transitado. de improviso, surgido de la negrura, un tipo en camiseta y calzón, deslumbrado, se salva de morir atropellado gracias a un salto inverosímil. enorme alivio por mi parte y la de N -encima medio mareada- cuando divisamos la preciosa entrada arbolada de Chippy. sin ganas de dormir a pesar del cansancio, fondeamos en el atestado Checkers para participar de la atmósfera futbolera y tener la oportunidad de volver a poner en práctica el noble arte de mantener la pinta íntegra frente a las constantes idas y venidas de la parroquia. al poco de iniciarse la prórroga, un rugido colectivo revienta la noche. Yeh, it's coming home...

12 de julio. episodio de sequía en Inglaterra y aviso a través del móvil para que nadie malgaste agua regando el jardín. el planeta, patas arriba. mañana de domingo sin prisas, pasando notas a limpio en la sala de estar frente al hogar. suena música sacra en la radio del piso superior.

Woodstock, un par de horas más tarde. apenas unos pocos devotos del capuccino en las mesas situadas frente a los cafés. puedo intuir los monosílabos y las pausas infinitas, las palabras surgiendo despreocupadas e ingrávidas, disolviéndose en la luz.

"God made summer! Enjoy x". arcoíris sobre el pórtico de una iglesia metodista. ¿símbolo de solidaridad con el orgullo? más bien de esperanza frente a la pasada pandemia. súbita reflexión: Shakespeare como aventurero del amor; Cervantes, de la vida.

recuerdos de N mientras damos vueltas por Woodstock, probablemente el pueblo más tranquilo de los Cotswolds, y ya es decir. los cursos para profesores, conversaciones y cafés, los ratos en el One Village, la paleta de colores, su mirada se ilumina mientras deja que las ráfagas de viento jueguen con los pliegues de su vestido frente a la verja del palacio de Blenheim.

Soldiers of Oxfordshire Museum: exposición sobre Lee Miller y su peculiar concepción del surrealismo que, a través de lo grotesco, desenmascara las miserias de la guerra. la fotógrafa, en el apartamento que Hitler tenía en Múnich, tomando un baño y fumando en la cama de Eva Braun el mismo día del suicidio del monstruo. ¿liberándose del sentimiento de suciedad sufrido tras la visión del horror en la liberación de Dachau o del de una infancia de abusos y posados desnuda como modelo de su padre? algo más allá, entre tanto homenaje al heroísmo mostrado en combate, un expositor dedicado a Ian Fleming y su Bond, James Bond, con un lote de muñequitos infantiles de 007 incluido.

cena de adiós con A en el Checkers (fish & chips, amber ale) y largo paseo que, iniciado con la búsqueda en St Mary de la tumba del antiguo cazador ratas de la comarca (muerto de peste, ¡faltaría más!), nos devuelve a casa tras un largo rodeo por el sendero abierto junto al riachuelo rebosante de zarzamora y cola de caballo.

mañana del 13 de julio. despedida de A con la promesa de volver a vernos pronto, quizá en Barcelona. último trayecto en coche de línea, esta vez rumbo a la estación de Oxford. camisas de manga larga y alguna sudadera en la vuelta de los adormilados estudiantes a las aulas. no en vano, tras la pequeña descarga de esta madrugada, ha vuelto el fresco. escenografía ideal para poner punto y aparte...

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