sábado, 18 de agosto de 2012

Un día en las fiestas de la Vila de Gràcia

"...que se le pasaban [...] las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio", en célebre cita cervantina, que tal vez defina como ninguna la vida cotidiana de un vecino de la Vila de Gràcia durante estos días de fiesta mayor. Y entre estos vecinos, uno de nuevo cuño, El Manco, uno de nuestros colaboradores insignia, que a pesar de las advertencias de amigos, conocidos y vecinos, ha tentado a su locura (tampoco tenía mucho que perder), y ha decidido cual reedición de "la más alta ocasión que vieron los siglos" afrontar el envite, buscando en medio de la bacanal un relámpago de inspiración que le permita ultimar -es un decir- esa novela coral que acabe por otorgarle la cima de la nada o de la miseria.

En deslavazada conversación telefónica mantenida ayer con nuestro amigo a primera hora de la tarde, este nos rubalcaba, uy, perdón, nos recalcaba dos palabras de peregrina pronunciación que se han añadido estos días a su todavía incipiente catalán: guarniments y envelat, o lo que es lo mismo, adornos y entoldado. Dos palabras que, de hecho, definen gran parte del ayer y hoy de estas fiestas. La tercera, sin duda, sería veïns, vecinos, los verdaderos protagonistas de todo, en tanto que nada de ello sería posible sin su dedicación, entrega y amor por este entrañable lugar, aún más evidentes a lo largo de estas últimas dos semanas, y sobre todo, según nos relataba El Manco, en las frenéticas 48 horas previas al inicio de las fiestas, cuando se deben colocar los guarniments que harán de cada calle un microuniverso, en el que en menos de 50 metros se suspende por unos instantes la percepción espacio-temporal habitual en favor una mucho más relativa, tal vez, a la manera de Döblin, más cercana a la lógica de los niños y de los locos.

Aunque no siempre fue así, según nos comentaba El Manco. Llevado por su natural afición e inclinación a la lectura (aunque sean los papeles rotos de las calles), y libando de aquí y de allá, pudo enterarse de que esta costumbre se remonta a la última mitad del siglo XIX, siendo a principios del XX cuando se afirma como rasgo distintivo. Todo ello parecía entrar en contradicción con el testimonio de su buen amigo M., que no mantenía recuerdo alguno de calle engalanada antes de los años ochenta. El Manco, finalmente, saldría de dudas al consultar a la madre de M., mujer tan apegada al barrio que en sus casi 75 años, no se le recuerda más que alguna que otra esporádica expedición a la para ella remota plaza Catalunya, y que fue capaz de ilustrar en colores tan vivos como solo alcanza la evocación que desciende hasta lo más íntimo, el esplendor de las decenas de calles engalanadas y de los entoldados de las plazas del Diamant, del Sol y del Raspall, que insuflaron un hálito de ilusión y de vida en aquellos tiempos en blanco y negro de la longa noite de pedra. Un apogeo que decaería entrados los setenta para volver con brío en la década siguiente.

Un cierto resabio, sin embargo, le quedaba a la buena mujer de aquellos años mozos, y que tenía que ver con los entoldados, en los que la concentración de calor, sudor y obligación de vestir corbata, convertían el recinto en un verdadero horno, disuasorio incluso para habilidosos bailarines como su entonces novio y luego marido, que las más de las veces acababa escuchando la música interpretada por la orquesta desde la entrada.


Fue uno de estos envelats, concretamente el de la plaça del Diamant, el lugar escogido por Mercè Rodoreda para el primer encuentro entre Natàlia, la célebre Colometa, y el que pronto sería su primer marido, el impetuoso Quimet. No acababa de verlo claro El Manco. The times they are a-changin', y haciendo trabajo de campo por las distintas plazas con música en directo, nos adelantaba que había optado finalmente por escoger la plaza del Raspall y, en concreto, su festa alternativa, como lugar más idóneo para el primer encuentro de sus dos protagonistas. (¿pero no habíamos quedado en que la tuya era una novela coral, Manco?).

Pero olvidemos los entoldados y los conciertos para mejor ocasión y, siguiendo el consejo del Manco, obliguémonos a dejarnos arrastrar por el bullicio, por esa riada de exploradores de todas las edades que, programa en mano o llevados por su sola intuición, recorren las diversas calles y sus guarniments, ataviados con la mirada del niño, el loco, la Maga o el errante eterno, en busca de una última oportunidad para renovar su amor por aquel cine aventurero de indios y vaqueros o de buenos y malos alrededor de la Estrella de la Muerte; o para adentrarse en el día a día del circo (en su versión ordinaria o en otra manifiestamente más freak) o en uno de aquellos bailes de antaño al son de la gramola (la calle favorita del Manco, por la sabia elección por parte de los vecinos de una perspectiva liliputiense para el espectador); o en el mundo de la moda, la vida de las abejas o de los pingüinos, el ciclo del agua (también recreado acústicamente), una paradisíaca isla del Pacífico, la metáfora de la nube que deviene cuento (¿o tal vez sueño?), o los propios recuerdos de aquellos años de nuestra infancia, con las casetes, el Tetris, el popular comecocos o el diabólico cubo de Rubik. Todo un verdadero oasis y un alivio, tal vez efímero en exceso, para estos otros tiempos de hoy en HD que tal vez pudiéramos denominar sin excesiva acritud como longa noite de merda.

(English version)

"...que se le pasaban [...] las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio", in Quixote's famous quote that perfectly defines the daily life of a resident of the Vila of Gràcia during the days (and nights) during festa. But not just music, dance or beers are fed locals and visitors of this populous neighborhood of Barcelona. In fact, maybe three Catalan words are enough to summarize the particular idiosyncrasies (and yesterday and today) of this celebration. On the one, guarniments and envelat, or what is the same, decorations and marquee. On the other, veïns, neighbors, the real stars of it all, because none of this would be possible without dedication, commitment and love for their place, especially visible in the frenzied 48 hours before the start of the festival, when it should place guarniments that become each street in a micro-universe, which in just over 50 meters everyday urban spatiotemporal perception is suspended by the logic of children or madmen.

A custom that, while dating back to the latter half of the nineteenth century, paradoxically reached its peak in the middle of the last century. The older residents remember the splendor of the dozens of decorated streets and marquees of Diamant, Sol or Raspall squares, that breathed some life and enthusiasm in that time of black and white silence of the long stone night of Franco regime. A swing that would decay into the seventies to return with spirit in the next decade.

Precisely one of these envelats, Plaça del Diamant, was the place chosen by the famous writer Mercè Rodoreda to locate the first meeting between Natàlia Colometa, and her soon to be husband, the impetuous Quimet, in which would be the most important post-war Catalan novel. Natalias and Quimets today, however, opt for an alternative party of protest in the Raspall square.

So in those days, nothing better than being carried away by the flood of explorers of all ages, program in hand or driven by their own intuition, roam the streets, back to the past through the memories of those cowboys and Indians films, or good and evil about the Death Star, or go deep  into the world of the circus (in its ordinary model or another more provocatively freaky) or in one of those old balls to the rhythm of gramophone (our favourite street, by the surprising choice of a Lilliputian perspective for the viewer), or in the fashion world, the life of bees or penguins, the water cycle (also recreated acoustically), a Pacific island paradise, or the everyday world of forty-year- old people childhood, with cassettes, Tetris, Pacman or the diabolical Rubik's Cube. In short, a true oasis, perhaps ephemeral in excess, to this another long night of this crisis in which we are immersed.

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