miércoles, 15 de agosto de 2012

"...ni un solo plan en mi mente, ni una ambición, ni una necesidad."

All men dream: but not equally. Those who dream by night in the dusty recesses of their minds wake in the day to find thta it was vanity. But the dreamers of the day are dangerous men, for they may act their dreams with open eyes, to make it possible. (T.E. Lawrence)

En mi caso, el esfuerzo que realicé durante esos años para vivir vestido como los árabes y para imitar su estructura mental me despojó de mi personalidad inglesa, y me hizo contemplar al Occidente y sus convenciones con nuevos ojos, destruyéndolo todo para mí. Pero al mismo tiempo no podía sinceramente  endosarme una piel árabe; era solo una afectación. Un hombre se transforma fácilmente en un infiel, pero difícilmente se convierte a otra fe. Me desprendí de una forma sin asumir  la otra, y llegué a ser como el ataúd de Mahoma en nuestra leyenda, resultando de ello un sentimiento de intensa soledad en la vida y un desprecio, no por los demás hombres, pero sí por todo lo que hacen.  Tal despego invadió a veces a un hombre agotado por el aislamiento y el prolongado esfuerzo físico. Su cuerpo se afanaba mecánicamente, mientras su espíritu razonable le abandonaba y desde fuera le contemplaba con los ojos críticos, admirado de lo que hacía ese vano armatoste y de los motivos que le guiaban. A veces, esas múltiples personalidades conversaban en el vacío, y entonces la locura estaba cercana, como creo que lo estaría para el hombre que pudiera simultáneamente ver las cosas a través de los velos de dos costumbres, de dos educaciones, de dos ambientes.

Ante mí se extendía un panorama de responsabilidad y mando que repugnaba a mi naturaleza meditativa. Me sentía avergonzado por ocupar el lugar de un hombre de acción, pues mi escala de valores era una deliberada reacción a los de estos y despreciaba su felicidad. Mi alma anhelaba siempre menos de lo que tenía, ya que mis sentidos, más perezosos que los de la mayoría de las personas, necesitaban la inmediatez del contacto para lograr la percepción; distinguían solamente clases, no grados.

Teníamos siempre sangre en nuestras manos; nos habían autorizado para ello. Herir y matar parecían dolores efímeros, tan breve y tan enconada era con nosotros la vida. Con tan grande dolor de vivir, el dolor del castigo tenía que ser despiadado. Vivíamos y moríamos al día. Cuando había razón y deseo de castigar, lo hacíamos inmediatamente con el fusil o el látigo sobre la carne adusta del paciente y el caso no tenía apelación. El desierto no proporcionaba las refinadas penas lentas de los tribunales y las cárceles.

Bajo la descolorida luz de la victoria difícilmente podíamos identificarnos, nos hablábamos con sorpresa, dudando de si podíamos comprender o saber quiénes éramos. El ruido que producían los demás era algo tan irreal como un sueño, como un canto que llegaba a oídos sumergidos en el agua. En medio del asombro producido por una vida que no habíamos solicitado, no sabíamos cómo sacar provecho de semejante dádiva. Especialmente para mí resultaba algo penoso, porque, aunque mi vista era aguda, jamás pude distinguir los rasgos de los hombres. Yo atisbaba siempre más allá, imaginando la realidad espiritual de este o aquel. Y aquel día todos los hombres poseían tan completamente sus deseos, que estaban colmados con ellos y quedaban como desdibujados.

Pensando en el hallazgo, nos adentrábamos por la gran avenida de Rumm, todavía suntuosa con el color del sol poniente. Los riscos estaban tan rojos como las nubes que se cernían por Occidente, y, como ellas, se elevaban y perfilaban contra el cielo. De nuevo experimentamos esa sensación de paz que proporcionaba la serena belleza de Rumm. Tal abrumadora grandeza nos convertía en enanos, y arrancaba de nuestros rostros la máscara de risa que habían mantenido mientras cabalgábamos sobre las festivas llanuras.
   Llegó la noche y el valle se convirtió en un paisaje de imaginación. Los riscos invisibles se insinuaban trazando la oscura pauta que se dibujaba en el dosel de estrellas. La negrura de las profundidades era muy real. Era una noche para despertar de todo movimiento.
(Textos extraídos de Los siete pilares de la sabiduría, Ed. Libertarias.)


...so that I no longer have the mind or wish to do anything at all. I just sit here in this cottage and wonder about nothing in general. Comfort is a very poor state after busyness (fragmento de una carta fechada el 5 de mayo de 1935, 8 días antes del fatal accidente que acabaría por costarle la vida).

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