(Ch. Bukowski)
lo supo su madre desde el momento en que notó el calor de su cuerpo ingrávido; también su padre, nada más entrar en la sala y mirar a su esposa; lo supieron sus abuelos, el personal sanitario, incluso las espléndidas flores robadas a mayo por las visitas.
habría puesto la mano en el fuego aquel astrólogo tan famoso de la televisión, pero no la cautelosa quiromante; y aunque expresaran sus dudas rayos, truenos y nubes, lo habrían corroborado las vísceras de las aves que tantas veces le vieron encaramarse al viejo limonero del jardín; por supuesto, lo sabía su hermano -con un alto grado de complicidad-, así como la aguerrida clase del primero b al completo -incluida aquella chica tan mona que siempre sonreía aunque nunca se enterara de nada-; tampoco fue desconocido para la directora, ni para el obstinado jefe de estudios ni, como es fácil de entender, para Pitágoras, Newton, Cervantes, Mozart o los Reyes Católicos; todos ellos lo sabían.


















