Leyendo los
Escritos de un salvaje, de Paul Gauguin, me encuentro con este llamativo fragmento acerca de una antigua ceremonia maorí:
"Una vez en el
maraé, volvía a colocarse al ídolo en el altar, y la fiesta [de proclamación] acababa con una escena que disminuía singularmente su solemnidad. El jefe o rey, sentado sobre un tapiz, cerca de la imagen del dios, recibía lo que llamaban el último homenaje del pueblo. Se trataba de danzas y de representaciones de la más chocante suciedad, de la obscenidad más vulgar, en las que varios hombres y mujeres, totalmente desnudos, rodeaban al rey y se esforzaban en tocarle con diferentes partes de su cuerpo, hasta el punto de que este apenas podía evitar que le cubrieran con su orina y sus excrementos. Esto se prolongaba hasta que los sacerdotes empezaban a hacer sonar de nuevo sus trompetas y tambores, lo que constituía la señal de retirada y el final de la fiesta. El rey volvía entonces a su casa, acompañado de su séquito."
O tempora, o mores!