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| Imagen cortesía de Penélope. |
paseando por el parque, a primeros de septiembre, el hombre sin vacaciones encuentra en uno de sus extremos, junto al vallado, una silla de madera plegada apoyada contra la hiedra que cuelga del muro. mientras se levanta una brisa vivificante, abre la silla, aceptando lo que toma por invitación a una aleatoria evocación de los veranos pasados o deseados...
…que le devuelve al tiempo en que, con la sola ayuda del atlas escolar, callejeaba por Londres, Nueva York o Pekín, o anclaba su deseo aerostático entre las paredes de Pompeya, Petra o Machu Picchu; el mundo era infinito como el vuelo de un diente de león, a pesar de que se circunscribiera a la latitud y la longitud de un sofá con los muelles salidos; en aquellos años de relojes chapoteando en Mirinda naranja, sus padres se conjuraron para darle cuanto ellos nunca tuvieron. lástima que el sol hiciera las maletas con más frecuencia de la deseable, dejándolos a todos con un palmo de narices.
















