domingo, 11 de marzo de 2012

Reaparición de lo heroico

Supongo que ya conoceréis este poema de mi admirado José Ángel Valente...


La flor de los pretendientes y las buenas familia
en los salones espaciosos.
Y ya la guerra de Troya terminada
de tiempo atrás. Los hombres que allí fueron,
los sonoros navíos, el caballo mortífero,
vagas patrañas de la ideología.

Cómo puede esperar Penelopea.

Quien tenga una esperanza ocúltela,
pues el tiempo es de tibia descreencia
bien templada para la ocasión,
y la palabra más pura en los salones
sin tanta servidumbre a lo pasado.

Reunámonos, pues, para cruzar apuestas
sobre el futuro que nosotros somos
y olvidemos el arco, el duro arco del rey,
aquel objeto pesado y anacrónico
que la sentimental Penelopea
aún tiene por sagrado.

Así habló
y así se alzó entre todos Antínoo,
flor de los pretendientes y las buenas familias,
joven experto en lenguas extranjeras,
hábil en la ironía y el pastiche.

Rió la concurrencia con dulzura
y se sintieron más en el meollo
del capital asunto
todos los pretendientes de provincias.

Pero ya el harapiento vagabundo,
el huésped no aceptado,
impuesto por el hijo de la reina,
acariciaba el arco.
                     Así templó la resistencia
de la tenaz materia.
                      Tocó la flecha amarga,
hizo vibrar la cuerda poderosa
con un rumor distinto
y un tiempo antiguo vino en oleadas
de hosca respiración hasta los hombres.

Tomó Antínoo una copa entre sus manos
y alzola en medio del festín.

Estaba tenso el arco.
Un dios de torva faz medía los segundos.
La saeta partió veloz,
certera. Atravesó su punta
la garganta de Antínoo y salió por la nuca.
Un chorro espeso
de irreparable sangre vino
a las fauces del muerto.

Flor de los pretendientes,
irrisorio despojo,
entre el vaho animal de la hermosa matanza.


A la hora de hablar de Valente -"maestro de la fulgurante aparición de la palabra", en acertado epíteto de Andrés Sánchez Robayna- parece obligada la visita a esos lugares comunes por tantos conocidos del silencio, la memoria o la materia (huellas por él mismo dejadas en diversos ensayos, artículos, lecturas o entrevistas), aunque como sucede con todo poeta mayor, nada puede sustituir la experiencia directa del tránsito por sus poemas, del dejarse caminar por ellos. En esa inacabable interrogación al desierto, en esa travesía alrededor del vórtice del origen, desde el inolvidable "Serán ceniza" hasta el postrero "Cima del canto", palpitan los ecos de unos versos nutridos en la entraña del lenguaje, y en los que la experimentación deviene experiencia y, por supuesto, existencia más allá de la vida o la muerte, de la pura posibilidad, la carne o la redención.

Os dejo asimismo (por cortesía de Penelopea), un enlace a un blog en el que se habla de la relación de Valente con Almería:

Y también un nuevo enlace a uno de mis artículos preferidos de Valente, "Perspectivas de la ciudad celeste", en el que el apunte lírico sobre la ciudad de Almería -surgido a partir de la visión desde la azotea del propio domicilio-, prosigue con la descripción de la vida ciudadana, que se diluye en el recuerdo del protagonismo jugado por la ciudad en el desarrollo de la mística sufí y la evocación de aquel intenso clima espiritual, sin por ello obviar la denuncia por la degradación y el abandono generalizados del patrimonio histórico por parte de unas instituciones empeñadas en vivir de espaldas al pasado.



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