jueves, 15 de marzo de 2012

Ιθάκη, hermosa a toda hora

Esta es mi isla y esta es una de sus playas para mí más queridas, pues en ella fue donde volví a sentir en la planta de mis pies ese tacto singular que tiene la patria. Patria, sustantivo rotundo y abstracto por un igual, nutricio y embarazoso, diamantino y arrojadizo, incluso -especialmente- contra uno mismo: "Yo no sé si te miro / con amor o con odio / ni si eres más que tierra / para mí", en versos de Valente.
Naturaleza severa, hostil, la de patria, cristalización del masculino sacrilegio de la profanación del enigma de la maternidad (¿para cuándo las matrias?). Para cuándo esa otra idea, la del lugar y sus lugareños, o nuevamente en palabras de Valente, que suscribo desde lo más hondo de mi sentimiento itacense: El lugar no tiene representación porque su realidad y su representación no se diferencian. El lugar es el punto o el centro sobre el que se circunscribe el universo. La patria tiene límites o limita; el lugar, no. Por eso tal vez fuera necesario ser más lugareño y menos patriota para fomentar la universalidad".
Un ecumenismo que también emana de aquella célebre intuición de Rilke, Baudelaire o Wordsworth, entre otros, la de una patria identificada con el tiempo detenido de la infancia, la eterna luz del abrazo fraternal, de la camaradería y los juegos, de aquellos soleados días azules de Machado en los que la lluvia tal vez solo fuera leve fragua en la que poner a prueba el mito.
Lugar e infancia, categorías de la memoria, hendidura del deseo forjada en el blanco fuego del exilio, tal vez la una metáfora de lo que es la verdadera patria.
O tal vez presentir el innacimiento de una noción marginal, la de impatria, informalmente acuosa e ingrávida, indolente y deleble, inconstruida alrededor de un grito primigenio lanzado al mar, insemejada a una nube en el cielo, al segundo poema o a la penúltima canción, al roce de la intrascendencia con la yema de los dedos, al instante y al inlugar (solitaria playa, sórdido callejón, tálamo nupcial o lupanar) en que sentirse indeseado por primera, centésima o última vez.

1 comentario:

  1. Una hermosísima declaración de amor. Afiebrada, pero también calmada, convencida, cierta, esencial.

    Cuánta verdad en ella.

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