jueves, 17 de mayo de 2012

El mirar más transparente (en la muerte de Carlos Fuentes), por Noemí Montetes-Mairal y Laburta

Para el gran público era el autor de La región más transparente (1958), su primera novela, la que lo dio a conocer, o el de La muerte de Artemio Cruz (1959), la que lo consagraría definitivamente como el narrador mexicano del boom antes incluso de que los títulos más emblemáticos de esa nueva estética se publicasen, entrada la década de los sesenta. Pero Carlos Fuentes fue, es, será, mucho más que dos títulos significativos, que un listado bibliográfico, o que su adscripción a una corriente exitosa en la lotería de los marbetes de la historia de la literatura.

Carlos Fuentes fue un vendaval, un ejemplo de superación personal y literaria, al renacer y reinventarse tantas veces como fueron necesarias, al recrear un universo y una mitología producto de su extraordinaria imaginación, su ingenio afilado o su insólita capacidad para crear mundos y dotar de vida a seres probables e improbables con extrema verosimilitud, únicamente partiendo de su acerada magia con el lenguaje. Poseía un talento asombroso para lograr que la lírica se hermanase con la épica, y que esta cruzase todos los límites a la búsqueda de nuevos géneros para contaminarse, para enriquecerse, para crecer.

No le temía a la muerte. En el plazo de seis años hubo de sufrir la falta de dos de sus tres hijos -los menores, los de su segunda mujer, su adorada Silvia-: la de Carlos a los 25 años; la de Natasha, a los 29. Bien al contrario, tras esas pérdidas se enfrentó a la vida con el vigor que sus herencias, de algún modo, le habían legado. Y se obligó a vivir y a crear de forma aún más extensa, extrema, enérgica.

Por ellos. Para ellos.

Mi recuerdo más querido de Fuentes es el de un escritor cercano, socarrón, con quien canté a dúo una canción mixteca en el Aula Magna de la Universidad de Barcelona tras los aplausos y los parabienes que clausuraron su conferencia, el 31 de mayo de 1999. No recuerdo el título de la canción, pero sí la luz que sus ojos, traviesos, irradiaban aquella tarde.

Era la mirada de un hombre que se había visto obligado a aprender a vivir de nuevo tras la reciente muerte de su hijo, ocurrida el 5 de ese mismo mes, hacía apenas unos días. La mirada de un superviviente que le plantaba cara al dolor y a la devastación con vivaz tenacidad. Fuentes reía, seducía y abría un hueco en el tiempo arrancándose a cantar con una desconocida. Deteniendo el instante, de tan hermoso.

A partir de entonces sólo habrían de existir el aquí y el ahora. La mirada de Fuentes adquirió la facultad de suspender el tiempo, sabiendo arrebatarle a la vida el secreto fugaz que encierra el absoluto. Sus ojos veían más allá, siempre mucho más allá, atravesando el alma de los seres y de las cosas, incluso cuando sonreía. Quizá especialmente cuando sonreía. Y eso que, en realidad, aquella tarde Fuentes estaba muerto. Había muerto veintiséis días antes, el 5 de mayo de ese mismo mes. No fue sino un fantasma quien rió y cantó conmigo, me tomó de la mano, me dedicó varios libros.

Volvería a morir seis años más tarde, el 22 de agosto de 2005, cuando perdió a Natascha. Todos esos años, y los que les habrían de seguir, permaneció en pie porque su mirada superviviente atesoraba todas las huellas, todas las ausencias. Era preciso continuar para transformar ese mirar tan transparente en palabras que no se apagaran nunca.

Carlos Fuentes murió por tercera y última vez el 15 de mayo de 2012. "Hay golpes en la vida tan fuertes... yo no sé..." Siempre quiso reunirse con sus hijos en el cementerio de Montparnasse, en una tumba que le aguardaba desde hacía tiempo. Ahora ya, junto a ellos, sin duda será feliz. Descanse en paz, maestro.


Noemí Montetes-Mairal y Laburta es profesora de Literatura Hispánica en la Universidad de Barcelona y crítica literaria. Fotografía de Rogelio Cuéllar.


(Este artículo ha sido recogido con posterioridad en MONTETES-MAIRAL Y LABURTA, NOEMÍ (2014), Quedan los nombres. Impresiones y lecturas de literatura española contemporánea, Sevilla, Renacimiento, pp. 208-210)

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