martes, 1 de enero de 2013

Magnífico año para decir adiós (1ª parte)

Se abre el telón y sale... ¿Cuánto chistes podemos reunir bajo el paraguas de tan absurdo prólogo? Tal vez un número no mucho menor al que obtendríamos de reunir adioses en estaciones ferroviarias, lágrimas en días de vino y rosas, risas secuestradas por un tribunal de cómicos incapaces de aceptar la nada alquímica mudanza de las carcajadas en sonrisa piadosa y llanto de candilejas.

Pero a lo que íbamos, se abre el telón y aparece... ¿qué? ¿un pelmazo del pasado? ¿un evento consuetudinario que acontece en la rúa? ¿un plátano isósceles? No, es simplemente un tripudo y trasnochado Ulises, odiséacamente en cueros salvo por unas ridículas pantuflas, dirigiéndose -no queda muy claro- si a la letrina o al mueble-bar a por un último trago de ouzo.

Podría ser el inicio de algún acto de una (mala) comedia de Aristófanes. Si encima el Politropos pisara una rana, y la rana croara "Mari-ano" como un loro (o mejor aún, "Mas! Mas! Mas!" con intermitencias orgásmicas), el delirio nos llevaría a un (mal) sketch del añorado Pepe Rubianes. Viene esto a cuento, desocupado y seguramente embriagado o resacoso lector, mon semblable, mon frère, porque lo que te espera a partir de aquí, si eres capaz de seguir aventurándote por esta entrada tan falaz como ruin, en este día-residuo de reseteo anual y trueque de malos por peores augurios, es una auténtica chaqueta mental tamaño récord Guiness y que, por supuesto, podrías perfectamente evitar, sin ir más lejos, dirigiendo el cursor hacia la sección BLOGS QUE OJALÁ HUBIÉRAMOS CREADO NOSOTROS de esta misma bitácora. Avisado quedas. Prosigo.

Poco se puede esperar de la innoble confluencia astral de una noche de fin de año, un vino cosechero de fea catadura, una soledad menos imperturbable de lo que uno quisiera, y una serie de invitados sorpresa incapaces de saber cuando uno está de más en el guateque, especialmente si el anfitrión demuestra poca firmeza: un volumen y un vídeo de La vida es sueño, la eterna imagen inquisidora de l'enfant Rimbaud, la música entreverada de Derribos Arias, los versos de Chinaski -de visita estos días por la estantería de inmarcesibles-, el Diccionario del suicidio de Carlos Janín, y un póster psicodélico recién pirateado de Marilyn Chambers. De tan impresionista soledad sonora, lo único que cabe pedir es que todo quede en una mentira, más o menos cautivadora. Así que ahí van las mías.

Magnífico año para decir "ahí os quedáis": "Dejé la lectura de La peste por miedo a morir contagiado de existencialismo". Magnífico año para dejar al indio con un palmo de narices: "Como un tren que te deja en medio de la nada sin casi haberte dado cuenta porque estabas embelesado en el cri-cri giratorio de la aguja". Magnífico año para, como diría Morrison, cancelar la suscripción a la resurrección: "Lo único que me importaba era adquirir ventaja para llegar antes que nadie al precipicio".

Lo cierto es que justo antes de las campanadas, al respecto del Calderón, había pasado de cierta displicencia parvenu a una creciente animadversión. Fuerza es reconocerlo: por más teatro áureo que leo, no consigo quitarme de encima el tufillo patriótico-monárquico-trentino que emana de gran parte de esas obras. Una sensación extraña, vecina con derecho a roce del prejuicio, que también me acompaña cuando alguien pronuncia la palabra "ópera". Y sin embargo, fue a raíz del descubrimiento del epentés que toda gran obra oculta en su interior ("con la apacible bebida / que de confecciones llena / hacer mandaste, mezclando / la virtud de algunas hierbas, / cuyo tirano poder / y cuya secreta fuerza / así el humano discurso / priva, roba y enajena, / que deja vivo cadáver / a un hombre, y cuya violencia, / adormecido, le quita / los sentidos y potencias...") cuando empecé a observar las concomitancias entre tan excelsa pieza y nuestra austera cotidianeidad. Porque nadie me negará que menuda inspiración para la Merkel, la Troika y nuestros nada áureos prebostes, esa última escena del segundo acto, en que Segismundo, nuevamente inducido por Clotaldo, cree haber soñado todo ese poder, lujo e infamia con los que ha mantenido a toda la corte rendida a sus pies. Es más, muchas más dotes muestran aquellos que no nuestro insigne dramaturgo (y eso que Calderón dejó el listón bien alto) a la hora de diseñar la armazón de sus ficciones. No en vano, al empeño mostrado por Merkel y acólitos en hacernos creer que todo aquello fue un sueño, una vanidad incapaz de ser afrontada por presupuesto estatal alguno, debemos unir esa otra fantasía que consiste en hacernos creer que nada tuvieron que ver en ello. (¡Faltaría más! ¿Quién no recuerda -IV Año Triunfal de la crisis, ojo- aquel infame spot-estafa de Bankia: "Hazte banquero a partir de 1.000€"? ¿O quién es capaz de leer artículos como "El 'expolio' social del que no se habla" -gracias, Penélope, por el "chivatazo"- sin arder en un infierno de indignación? ¡Nada, nada, pero qué ilusos fuimos!) En fin, mejor no recordar el final de aquel intrépido soldado que al inicio del tercer acto decide liberar de su cautiverio a Segismundo, posibilitando así la llegada de una nueva época que se supone de más justicia y prosperidad. Supongo que muchos de nuestro anónimos luchadores por las libertades, echando la mirada atrás, bregarán consigo mismos por no verse reflejados. Como también supongo que es mejor no ilusionarse con esperar del poder ni peras ni olmos, sino poco más que una "gratificante" lluvia -y nunca mejor dicho- "áurea".

Pero una vez dejado atrás el dramaturgo en su barca, se imponía una figura virgiliana para continuar tan desasosegante travesía. Y ningún lazarillo mejor para el camino hacia la segunda fase de la lotomaquia en ciernes que ese príncipe de las pensiones baratas, hecho y muerto al vino, que responde al nombre -cuando responde- de Chinaski. O al menos eso pensaba ilusamente yo en aquel momento. Pero esa es otra historia que ni mi estado emocional ni mis obligaciones ni la puñetera austeridad ni el restaurador anti-epentés al que ya mismo me pienso rendir incondicionalmente me permitirán explicar hasta mañana... (TELÓN)

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