viernes, 14 de junio de 2013

oniricidio

que la vida iba en serio [y la muerte todavía más], que uno se da de golpes con ella, como en una mala finta con un verso de vallejo, eran centelleos que le asaltaron cuando topó de frente con aquel exiguo enjambre de policías,  dispuestos estratégicamente alrededor de las pantallas que apenas escondían de las miradas aquel cuerpo inerte enfundado en ámbar metalizado.

vehículo del asistente social estacionado a un lado, furgoneta del servicio judicial obstaculizando el paso, manos de mujer de uniforme dirigiendo con gesto angular una aséptica pieza con pretensión de normalidad; bar de comidas, guardería y kiosko, almez con la corteza enferma elevándose hacia una incierta eternidad: contamos con el escenario, los secundarios y el crimen (el de uno para consigo mismo) pero no con los espectadores, cada cual con su prisa a cuestas por llegar al trabajo, la escuela o el ordinario desasosiego, aunque observando de reojo a la bocana de este infierno sin expiación ni mitología: "...alguien que se ha tirado", se escucha con lapidaria oblicuidad, "¿hombre o mujer?": tan solo cuerpo (puerta giratoria que se cierne y se cierra sobre sí, los segundos se solidifican hasta hacerse uno en la ecuación de la gravedad); y un impulso irreprimible te hace sentir más a flor de piel que nunca a tus hijas, al tiempo que una rabia incontenible puebla de uñas las palmas de las manos...

por el camino, la cabeza sobrevolando con ánimo buitre los detalles más literarios, las sombras chinescas, la burla en forma de sino, las noches de claro en claro, los días de turbio en... el lecho preparado para la rutinaria acogida, aunque esta noche el insomnio lleva guantes de malla y espolones, cuando lo humano ya es solo dolor, huesos de dolor, miembros, vísceras, células, celdas de dolor, y te desesperas al comprobar que no hubo, no quiso haber último amanecer, mañana fría, espesa, plomiza, un nuevo hurto que añadir al fraude que es la vida... vuelve la mirada a las sábanas, sábana ola, sudario, galope de sangre en las sienes, la necesidad de cerrar los ojos para abrir las alas, y la mano que se dirige ajena ya a todo, a la puerta que da al balcón para cortar el nudo gordiano a cualquier precio, demasiados tumbos por las paredes del túnel para volver a echar los dados, y la certeza de que la noche acaba de comenzar en el filo del nuevo día...

soledad, enfermedad, angustia, estados que ya son ceniza, aunque vuelva la pesadilla cuando ya en el vagón, reintegrado al rebaño, abres la prensa, y el buitre arrastra su pico hacia una nueva reedición del obsceno ritual hipotecario, ese que encontró su oficiante en un sonriente señor encorbatado y su sonoro apretón de manos, y que ahora  alcanza su reverso en la invitación al vuelo regenerador del fantasma de max estrella. y la pena, el lamento, la solidaridad pasan a ser ira, deseo tan audaz como imposible, que rechaza la paz de los adoquines en favor de patear el maldito televisor de plasma hasta hacerlo trizas. "justicia poética", pensarás, cuando un trivial prurito de autosatisfacción se dibuje imperceptible en la sima de tu rostro.

tres horas, un par de visitas sin fruto, dos cafés con leche a 1,25, cuatro décimas de fiebre y las gotas de una incipiente lluvia sobre tus hombros, te ves de nuevo frente al escenario del oniricidio. nada queda, nada hace pensar que allí haya sucedido nada, el sueño sigue su curso a espaldas del gólgota, a la espera de los chismes, los quién-lo-iba-a-decir-una-persona-tan... y algún bulo malintencionado.

2 comentarios:

  1. Cada día resulta más difícil separar realidad y ficción, vigilia y sueño; lo único que permanece inalterable es la frontera entre el acreedor y el deudor.

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    1. Sobre todo cuando el acreedor es un tahúr de pesadilla, con las cartas marcadas y un revólver presto para el disparo bajo la mesa.

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